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HISTORIAS DE VIDA:

 

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De regreso a la vida

 

 

Deseo ante todo narrarles cómo fue la despedida a mi madre. Se inició un medio día, estando ella en su sillón de ruedas y yo en otros quehaceres, llegaba la hora del almuerzo y mi hermana, que estaba de visita, fue a calentarle su papilla, pero miré a mi madre y la vi con sus ojos cerrados, la cabeza caída, como dormida, fui a despertarla, pero no respondió, alcé su rostro y aprecié el estado característico de un coma, no me alteré, lo confieso, fue como si lo estuviera esperando, sencillamente decidí acostarla y llamar a su médico, quien me confirmó que el final se acercaba, todo era cuestión de horas.

Nos mantuvimos a su lado permanentemente, pasando por sus labios algodones humedecidos para evitar que se resecara su boca y garganta, al llegar la noche, decidí acostarme a su lado, abrazarla y esperar el final, muy cerquita, para que no sintiera miedo. Al amanecer, llegaron unos suspiros profundos y se marchó definitivamente. Su partida fue tranquila, como siempre deseamos que sea para nuestros seres queridos, yo también quedé tranquila, con una paz interior muy grande, con la satisfacción de haber querido mucho a mi madre y de haber podido hacer todo para que sus últimos años pasaran con la mejor calidad de vida y con el mayor amor, así lo merecía.

 

El enfrentamiento a momentos como ese en que debemos decir adiós a un ser querido, nunca es fácil, pero a veces la familia desea que su familiar enfermo parta, pues duele más ver su triste transformación, saber que de una persona vital e hiperactiva, solo va quedando un recuerdo de ella, entonces el impacto de la partida es muy diferente a cuando nos toma de sorpresa en una persona totalmente sana, pero siempre hay dolor, siempre hay un período de duelo, un tiempo en que todavía no te has separado de tu familiar ausente.

 

Después de depositar las cenizas de mi madre, regresé a casa y me sentí  extremadamente cansada, me acosté en la cama de mi madre y sin siquiera pensar, me quedé dormida hasta el siguiente día. Estos últimos momentos tuve la compañía de mi hermana y sobre todo, de mi hijo, que estando fuera del país, desde que supo la situación se aseguró de acudir a mi lado, lo cual me dio mucha fuerza.

 

Al siguiente día y durante varios posteriores, me sentía como quien ha sido víctima de un robo, algo me faltaba, pasaba por el cuarto de mi madre y me parecía verla, a veces pensaba que me llamaba, a su forma claro, otras veces me sobresaltaba como si hubiera olvidado atenderla en algo, o sea, es una primera etapa en la que una tiene que darse cuenta del cambio pero solo se realiza poco a poco, hasta que nos acostumbramos a la ausencia, una se percata que ya no tiene que haber estrés y entonces empieza a relajarse.

 

Decidí de inmediato, tomar todas sus pertenencias y las que podían ser útiles prepararlas en paquetes para ser entregadas a otros cuidadores, desarmé su cama fowler para devolverla, rediseñé el cuarto con nuevo mobiliario, aunque puse dos cuadros con su imagen, todo con el objetivo de una autoayuda emocional.

 

Cuando logré darme cuenta de que ya las cosas eran diferentes, que después de un largo encierro de casi cinco años tenía que reintegrarme a la sociedad, entonces tuve la capacidad de razonar, me autoanalicé y quedé convencida de que sentía miedo a salir a la calle, a montar el transporte público, estaba como perdida sin saber qué hacer, decidí que era necesario forzarme a hacer cosas cuyos hábitos ya había perdido, emprender nuevos caminos y regresar a la vida.

 

Ya les he hablado sobre la importancia del auto cuidado y a mí la terapia floral me ayudó mucho, también los ejercicios de relajación y sobre todo, la mayor autoayuda, fue dedicarme a la literatura como actividad creadora y a realizar un trabajo comunitario, a la vez que atendía a mi madre, pues bien, yo no pasé por lo que otros cuidadores conocidos, algunos de ellos, después de fallecer su familiar tuvieron que ser internados o recibir tratamientos serios para su recuperación sicológica o física, yo me sometí a un chequeo completo y físicamente estaba aparentemente bien solo que con muy bajo peso, también me consideré en condiciones de luchar contra el tabaquismo y logré dejar el hábito, luego de estar cuarenta y tres años fumando, claro que esto último unido al prolongado estrés sufrido, provocaron cambios bruscos en mi organismo y durante un año estuve presentando descompensaciones en algunos parámetros, hasta que finalmente se estabilizó mi sistema general.

 

Como parte del proceso de análisis para mi rehabilitación, decidí iniciar la práctica del Whusu, así como incrementar la labor comunitaria emprendida con el grupo de apoyo a cuidadores de enfermos Alzheimer, por tanto, me tracé objetivos y metas que con seguridad contribuirían sustancialmente a mi recuperación e integración a la vida social.

 

Es importante explicar que en ese proceso de autoanálisis quedé convencida de las consecuencias en mí, luego del camino andado con mi madre, mi capacidad de trabajo estaba disminuida, así como las capacidades de concentración, memoria y enfrentamiento a cosas nuevas, pero ello no me desanimó, por el contrario, me estimuló a aprovechar lo bueno que aún tenía en beneficio de una obra útil. Debía enfrentar de forma optimista el futuro.

 

Blanca Medero

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